La justicia no es ajena al buen gobierno

La justicia no es ajena al buen gobierno

La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión, es la presencia de justicia.

 En los tiempos de la inquisición, sistema acusatorio de hace cuatro siglos, los inculpados de violar la ley o de contradecir las creencias religiosas y políticas que imperaban, eran amenazados para obtener su confesión y poder así construir el expediente con el cual podrían posteriormente los jueces “legalizar” las pena solicitadas por los inquisidores para los reos de turno. Penas que muchas veces contemplaban la muerte en la hoguera.

Era la justicia defendiendo no la verdad, sino las conveniencias de grupos que deseaban preservar sus intereses políticos, dominar y mantenerse en el poder. Esa justicia, como a veces hoy, no tenía siempre la venda que cubría sus ojos. Tenía en cambio bien afilada su espada y alterada su balanza.

Uno de los casos más famosos de esas nefastas prácticas es el de Galileo Galilei, hace menos de cuatro siglos, cuando las autoridades le advirtieron varias veces que no siguiera pregonando ni publicara sus teorías donde sostenía que la tierra giraba sobre sí misma y se movía alrededor del sol. Como sus creencias científicas le impidieron inicialmente plegarse a estos requerimientos, fue llamado a juicio por la inquisición y se le pusieron de presente las condenas a las que se exponía: Pena de muerte en la hoguera o, en el mejor de los casos, cadena perpetua en las mazmorras del Estado y despojo de sus bienes. En aquella época las cárceles eran sitios de terror donde las posibilidades de supervivencia eran mínimas.

Sin embargo, a la inquisición le convenía más sentar el precedente de un testimonio contra estas inconvenientes creencias, por lo que propuso a Galileo un “preacuerdo”, que debería ser ratificado en un juicio público y que consistía en no condenarlo a la hoguera pero condenarlo a cadena perpetua dándole la casa por cárcel, a cambio de que rindiera testimonio en juicio público contra sus propias teorías sobre el movimiento de la tierra.

Pocos años atrás, en Febrero de 1.600, la misma inquisición había mandado quemar en la hoguera a Giordano Bruno, acusado también de predicar el movimiento de la tierra alrededor del sol pero quien, confiando en la cordura de la justicia y en las pruebas que tenía, se había negado a retractarse de sus teorías. Galileo, enterado como estaba de estos antecedentes, temía igual suerte para él, por lo que aceptó, para salvarse, el “preacuerdo” de casa por cárcel que le ofrecía la inquisición (Fiscalía de aquella época). Falseó la verdad que él ya conocía y ofreció testimonio en juicio público contra estas teorías, a pesar de saber que eran ciertas. La inquisición, para condenarlo, no tuvo en cuenta las pruebas que él aportaba sobre sus descubrimientos. Quedó, para la posteridad, después de este acto público, su famosa frase que comentó después en privado a sus amigos: “Y…no obstante, se mueve”

¿Quiénes ganaron con este juicio? Ganó la inquisición, pues se preservaron los intereses políticos de quienes la conformaban. Ganó el acusado, pues esquivó la cadena perpetua y aunque le aplicaron casa por cárcel, vivió más tranquilo en su casa de Arcetri, desde donde siguió investigando en secreto hasta su muerte, nueve años después, en 1642.

¿Y quién perdió? Perdió la sociedad que se vio privada de la luz de la verdad por mucho más tiempo y subyugada por los intereses de personajes que en alguna forma participaban del gobierno de aquella época y perseguían a sus opositores basados en simples testimonios, despreciando las pruebas que pudieran existir para contradecirlos. Lo importante no eran las pruebas. Lo importante era legalizar los atropellos para favorecer sus intereses.

Aún conservamos algunas de estas costumbres de la inquisición, seguramente porque han demostrado, como en el caso de Galileo, su eficacia.

¿A cuántos criminales hoy, como a Galileo ayer, se les ofrecen preacuerdos antes del juicio, para que, a cambio de rebajas de penas y otros beneficios por delitos que han cometido, rindan testimonios poco confiables dentro de procesos contra otras personas?

Es buena la práctica de ofrecer rebajas de penas y beneficios a quien confiese sus culpas antes del juicio, en aras de conseguir una economía procesal. Pero ofrecer beneficios, que llegan a veces hasta la misma libertad del delincuente, a cambio de testimonios dentro de procesos contra otras personas, es muy riesgoso. Es una forma de “pagar” en especie estos testimonios. ¿Quién nos asegura que quien planifica asesinatos y otros delitos para beneficiarse de ellos en su momento, no es capaz también de mentir si con ello se beneficia consiguiendo rebaja sustancial en sus penas?

Corresponde a nuestros jueces no permitir que revivan estas prácticas impulsadas por intereses diferentes a los de descubrir la verdad. Al fin y al cabo, nadie puede garantizarnos que los nefastos falsos positivos solo puedan darse en los círculos militares. El caso de Galileo también fue un falso positivo. La Justicia imparcial, confiable y creíble, hace parte del Buen Gobierno.